Sobre una serie de eventos de los cuales no poder volver jamás
Un lunes como cualquier otro. Así lo presentí cuando sonó la alarma de las 5:30 a. m. que daba inicio a mi jornada.
Nada sería tan distinto, pensé: llegar a la oficina, saludar a mis compañeros, sumergirme en el desarrollo de un par de reuniones y, por la tarde, volver a casa para así haber cumplido un lunes más.
La idea no se me hacía tan difícil de asimilar. Tan solo el día anterior había estado en el Pascual Guerrero, a solo unas cuadras de casa, junto a la persona con quien hoy comparto mis horas, disfrutando el correr de la brisa caleña de las 5:00 p. m., mientras el equipo local le regalaba una victoria más a su hinchada.
Con ese aire de júbilo, aquel despertar en ese lunes, 10 de agosto, no me resultó pesado.
Transcurrida la primera rutina matinal cotidiana alrededor del café, me dispuse para salir hacia el centro de Cali e iniciar la franja laboral. El reloj marcaba las 6:50 a. m. y, ya desde esa hora, al cerrar el horizonte de la cuadra, Cristo Rey se notaba fulguroso: un día soleado y caluroso le esperaba a la ciudad. Nunca me imaginé que sería la última vez con que, con buenos ojos, vería un cielo tan despejado y azul.
Habiendo casi llegado a mi destino, el reloj de la mañana se detuvo mentalmente a las 7:34 a. m., cuando noté que el mundo se sacudía con fuerza; de manera frecuente, uno simplemente piensa que solo debe esperar a que todo cese y que continúe la normalidad. Sin embargo, ser espectador de cómo se resquebrajaba la pintura del edificio Jorge Garcés Borrero, de cómo las personas corrían sobre el puente España y algunas rogaban al cielo para que algo así se detuviese, me dio a entender que la situación era mayor.
En tumulto, todos los reunidos en el acontecimiento buscamos un lugar de encuentro, un lugar seguro para allí hacer un recuento de lo ocurrido. Luego, la información que llegaba de distintas partes plagó la conversación y, así, me enteré de que no era un lunes habitual y de que la ciudad, su gente, no volvería a ser la misma.
Saber después, incluso, que entre las personas afectadas por el terremoto de magnitud 7.4 había varios integrantes de mi círculo cercano y reconocer, así, con mayor fuerza, que la vida es tan solo un momento a merced de varios factores no controlados.
Si bien aquí omito muchos detalles por la extensión permitida de texto, el mejor interrogante que describe mi sensación hoy día es: ¿cómo volver a distinguir la ciudad en la que fui criado si varias de sus partes representativas hoy ya únicamente existen en el imaginario colectivo?
Camino nos queda.
Juan David Mambuscay Burbano
Profesor universitario