Una ciudad sitiada...
Así es como veo la mía después del terremoto. Escuchar los helicópteros sobrevolando mi zona a cualquier hora me recuerda lo que pasó. Sin embargo, no logro imaginarme la forma en que se sienten quienes viven pensando que en cualquier momento les caerá un misil sobre sus cabezas. Ahora descubro que algo así debe ser muy duro, pues los nervios mantienen alterados y te la pasas en modo supervivencia… Las guerras, desde cualquier punto de vista, no tienen sentido; son abominables.
Recuerdo que esa semana del movimiento telúrico me devolvió a hace seis años, cuando tuvimos que poner nuestras vidas en pausa debido a la pandemia. En esta ocasión, debíamos evitar transitar por las zonas más afectadas; en mi caso, de todas maneras no fui capaz de visitarlas para levantar escombros, porque me sentía paralizada: hacía mis rutinas (levantarme, desayunar, bañarme, etc.) porque tocaba… Del mismo modo, sabía que, si me acercaba, no podría evitar irrumpir en llanto, lo cual no sería conveniente para los que allí estaban. Admiración y mucho amor para quienes asistieron a las zonas devastadas para apoyar y ayudar a otros.
Yo también tengo escombros en mi corazón, pero jamás serán iguales a los de los hogares perdidos por muchos de mis conciudadanos y también de mis amig@s. Del mismo modo, tampoco resulta adecuado comparar mi tristeza con el duelo por el fallecimiento de sus seres queridos. Pero todas las ciudades colombianas que se vieron afectadas por este evento natural debemos gestionar nuestro dolor independientemente de si es pequeño o grande. Dolor es dolor. Incluso él nos hace conscientes de nosotros mismos y de los demás.
Quiero cerrar estas palabras con una frase de Esquilo que le escuché a mi psicólogo de cabecera y que es mi compañía actual: “al que ha sufrido le queda la dicha de comprender al otro”.
Natalia Cuellar Orrego
Docente CIDEH