Cuando la ciudad tembló, el pueblo se levantó
No viví el terremoto desde un edificio, sino desde afuera, viendo cómo el miedo convertía a una ciudad entera en una multitud que quería ayudar sin saber muy bien cómo. Me encontraba en un espacio abierto dentro de la universidad. No viví el terremoto desde un edificio, pero observé y registré en video la salida de los estudiantes. Varias personas lloraban sin siquiera saber la magnitud del evento. “La ciudad estará colapsada”, pensé al ver la situación. “Subiré la montaña, descansaré donde mis abuelos y mañana bajaré para ayudar”.
Pertenezco al club de rugby Phalanx. Motivados por el espíritu de solidaridad, decidimos reunirnos el martes al mediodía y caminar por entre la autopista y la calle Quinta. Observamos el edificio Vanessa, la Panadería Quintapán, Torres del Limonar, el Hospital Universitario… Ayudamos a retirar escombros en el edificio de la calle 5D con 39, hasta que dos compañeros pertenecientes a los boy scouts (177 Leones), uno muy cercano, fueron convocados a la Unidad Deportiva Jaime Aparicio para ayudar con los preparativos del albergue establecido bajo la cancha de hockey y el dojo de artes marciales. Recibimos, en los pasillos del diamante de béisbol, camionetas llenas de agua, camiones cargados de ropa, cobijas y colchones, y carros con comida. Sobraban unas cosas y faltaban otras. Organizamos mercados, catalogamos ropa e hicimos guardias nocturnas junto a la Policía. Desde ese martes hasta hoy, 3 de septiembre, tengo el flexor del meñique derecho desgarrado por recibir de mala forma un colchón lanzado desde la altura de un camión. No he podido ser atendido por problemas con mi prestadora de salud, pero en ese dedo veo orgullosamente la marca de un servicio que hicimos juntos como pueblo.
El miércoles, apoyé en el edificio Quintapán. “Muchos caciques y pocos indios” sería la mejor forma de resumir ese día. Nos unimos, pero también fuimos caóticos, egoístas, estorbamos, discutimos, quisimos ser héroes. Desde la mañana sabíamos que había una persona viva entre los escombros. Personalmente, escuché los golpes cuando se me permitió acercarme al fragmento en riesgo de derrumbe, junto al grupo de personas con experiencia en obra civil, por mi pasado en la Infantería de Marina y de enfermería. Se sospechaba que podía haber otras personas dentro de los baños. Entre rumores, se decía que se trataba de doña Miriam, de unos cincuenta años. Un ingeniero, un minero y un supuesto topo, sin uniforme, se convirtieron en líderes nacidos del caos. Constantemente discutían sobre la forma correcta de solucionar el asunto y terminaron dividiendo a la gente. Muchos llegaron a grabar, a hacer ruido, a comer la comida destinada a quienes estábamos ayudando y a sentarse, obstaculizando el paso de ambulancias, maquinaria y herramientas; las cadenas se formaban de una manera tan saturada y apretada que ni siquiera podían pasar correctamente los baldes llenos de escombro. En la tarde, los bomberos la declararon muerta. Me fui derrotado a casa para descansar, recuperarme y poder volver a salir a ayudar.
Daniel Andrés Galván
Estudiante de Derecho